¡No tengo tiempo para las emociones! Estoy muy ocupado…

“La solución efectiva a problemas no ordinarios requiere de la flexibilidad y del alto poder para reunir información que los procesos mentales ofrecen, y también de la preocupación e interés mental que los sentimientos pueden proporcionar” (Damasio, 2003 p.178)


- ¡No tengo tiempo para las emociones! ¿No entiendes?... estoy muy ocupado, tengo muchos problemas y asuntos por resolver. Y ¿tú me dices que ponga atención a mis emociones y a mis sensaciones?... Estás mal; vives en otro mundo y de plano no entiendes cómo funciona el mundo de los negocios. Aquí hay que mantener la cabeza fría para pensar con objetividad y no cometer errores.


Así lo dijo, sin más, mi amigo, dejando entrever su enojo y malestar.


Yo lo escuché con atención, dejando que me llegaran todas sus expresiones, más allá de sus palabras y de lo que él podía darse cuenta. Me pareció preocupado y un tanto molesto por mi pregunta en relación con sus sentires. Imaginé que eso podía suceder y, al mismo tiempo, tenía la esperanza de que se abriera una ventana por la que él pudiera reconsiderar un poco sus creencias y generalizaciones.


- Muy bien, le dije, creo que ahora comprendo mejor tus preocupaciones por mantenerte calmado, para no perder la claridad de tus pensamientos y así estar en mejor forma para resolver todo eso que tienes que resolver. Sin duda alguna que cierta calma ayuda a tomar decisiones, aunque eso no es equivalente a tener “la cabeza fría”.


Me miró de reojo, todavía con cierta molestia. Y luego dijo: - ¡Gracias de todos modos! Sólo que ahora no tengo tiempo para eso. Las emociones no son algo que me ayuden; al contrario, si me descuido, me van a meter en problemas.


Nos despedimos. Yo me quedé en silencio, meditando. Luego me pregunté: ¿Cuántas personas viven con la creencia de que ignorar o hacer a un lado sus emociones y sentimientos es algo necesario para pensar con objetividad? ¿Cuántas creen que si dejan que las emociones y sentimientos intervengan en la toma de decisiones es muy probable que hagan las cosas mal?...


Y luego, recordando algunas circunstancias, sentipensé: ¡Qué interesante y triste a la vez que personas que ocupan puestos directivos no se dan cuenta de cómo sus sentimientos y emociones entran en juego en el modo como realizan su trabajo, analizan las circunstancias o tratan a quienes trabajan con ellos! ¿Cuántas veces las decisiones que toman, el modo como les hablan a los trabajadores y lo que hacen para sacar adelante la empresa responde en gran parte a sus heridas emocionales no reconocidas, viejos resentimientos y necesidades afectivas no resueltas?... y ellas ¡ni cuenta se dan! A veces hasta presumen de su estilo rudo de ser directivos y de que los demás les tengan un poco de miedo.


Como mi amigo, tampoco tienen tiempo para sus emociones. ¿Por qué habrían de tenerlo si hay creencias arraigadas que nos dicen que las emociones y sentimientos son desordenados, peligrosos, nublan el juicio, te llevan por mal camino, etc.?


Curiosamente, en un modo de pensar poco diferenciado, las emociones estorban y hay que hacerlas a un lado. No parece haber otra alternativa.


Antonio Damasio (2003), un renombrado neurocientífico, en su libro Looking for Spinoza, señala que, si bien es cierto que a veces las emociones y los sentimientos pueden estorbar para pensar bien, es igualmente cierto que muchas veces las emociones y los sentimientos potencializan el pensamiento e impulsan la creatividad, sobre todo en situaciones complejas. Además, ellos juegan un papel importante en la vida social y en la conducta ética. En esta perspectiva, la pregunta y la alternativa parecen ser: ¿cómo aprender a integrar adecuadamente las emociones y los sentimientos para que potencialicen el pensamiento objetivo y creativo, en lugar de que lo estorben o lo descarrilen, y para orientar las decisiones también con una perspectiva social y ética?


La trampa es grande, sin embargo. Aún en las relaciones cotidianas y en nuestras decisiones personales todavía no reconocemos lo suficiente el valor de los sentimientos y emociones para orientarnos con precisión y sensibilidad. Ignoramos que reducir la vida a lo objetivo y lógico es empobrecerla sobremanera.


No tener tiempo es con frecuencia una excusa “aceptable e irrebatible”. La he escuchado muchas veces en los cursos y talleres. Me la he dicho a mí mismo. Y luego, cuando atendemos experiencialmente a lo que ocurre en nuestro vivir, vamos descubriendo que no tener tiempo es un elemento de un círculo vicioso. Todo está armado para no tener tiempo y mantener el justificante. Parece una trampa. Entonces ¿estamos atrapados, sin salida?... Aquí la respuesta tiene sus matices y diversidad.


Si seguimos haciendo lo mismo, de igual manera, entonces no habrá cambio alguno. Sin embargo, sí hay vías para empezar a generar una transformación. Una de ellas es hacer -con una actitud diferente- alguna de las actividades que ya haces; así no requieres un tiempo adicional. Una segunda opción es identificar los llamados “tiempos muertos”; cuándo ocurren y qué haces, y entonces desde ahí introducir algunos modos diferentes de estar. Ya sabemos cómo hacerlo y qué actividades te pueden servir para moverte en esta nueva dirección. El Focusing y la Mindfulness son dos caminos. La cuestión es ¿quieres hacerlo o prefieres seguir entrampado?...


Quizás sea menos difícil empezar por la vida personal antes que por el negocio. Con tu familia, con tu pareja, ¿ahí sí tienes tiempo para tus emociones?... ¿Qué haces?... ¿Cómo?... La relación con tus hijos o con tu pareja ¿la orientas sólo desde el pensamiento lógico y racional?... ¿Tus vínculos amorosos los mantienes sólo desde lo que piensas?...


A fin de cuentas, el punto de partida para el cambio es tu decisión. Luego viene realizar actividades pretexto que te habiliten a moverte en una dirección que te lleve a reconciliarte con tu cuerpo vivido, tus emociones y sentimientos, de modo tal que los integres adecuadamente con el pensar creativo y la flexibilidad en tu vivir. Todo esto, sin embargo, nadie lo puede hacer por ti.


Referencia:

Damasio, A. (2003). Looking for Spinoza. Orlando, USA: Harcourt.






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