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  • Salvador Moreno-López

Fechas que reviven traumas: aprendamos a transformarlos.

Actualizado: 23 de sep de 2019

Hay malestares emocionales y corporales que nos invitan a atender situaciones y vivencias dolorosas pendientes. Si hago una pausa, les pongo atención y los escucho, entonces encuentro alternativas para cuidarme y resolverlos. Esto, sin embargo, no es fácil. En la cultura en la que vivo es tan poco frecuente hacer pausas. Todo es rápido y acelerado, hay tantas cosas por resolver que parece que no hay tiempo para detenerme y hacer una pausa.


Hay días en que de pronto me asalta una inquietud teñida de varios sentimientos y emociones. Me descubro triste, asustado, preocupado, como en estado de alerta por algún peligro que acecha. Se me va el sueño, estoy distraído y me resulta difícil concentrarme en lo que hago.


Y entonces recuerdo que hay fechas y aniversarios que pueden suscitar estos cambios en mi estado de ánimo y generar estos malestares emocionales. A veces no soy consciente de ello. Simplemente reconozco que me siento mal y no encuentro razón alguna. Es hasta después que caigo en cuenta que en esa fecha hubo un temblor o llegó un huracán, se cayeron muchas casas, vi a gente quedarse en el desamparo, y a muchas personas que murieron.




Como esas circunstancias son vividas con mucho dolor, angustia y miedo, como amenaza a mi vida y a mi familia, quisiera poder olvidarlas, pensar que ya pasaron y que ya no me afectan. A veces hasta hago como que no pasa nada, aunque por dentro tenga que aguantar todos esos sentimientos que duelen y me angustian.


––¿Será que me da vergüenza reconocer todo esto que siento? ¿Tal vez miedo?...


Personas a mi alrededor me dan explicaciones y tratan de animarme, sugieren que me distraiga y deje de pensar en ello, y cuando trato de decirles cómo me siento, cambian el tema. Y ahí me quedo peor, sintiéndome incomprendido y sólo, sin la oportunidad de compartir con alguien más mis recuerdos dolorosos y angustiantes, las imágenes que me llegan, la intranquilidad que experimento, lo desprotegido que me siento... porque hay que ser fuertes, no dejar que nos dominen los sentimientos. Lo paradójico es que mientras más trato de evadir u ocultar mis sentires, más fuerte se vuelven y mi condición empeora.


Una persona me dice que no está mal sentir lo que siento, que es mejor reconocerlo y expresarlo que negarlo; me sugiere hablar con alguien de mi confianza que esté dispuesto(a) a escuchar realmente y a acompañarme en la expresión de mis vivencias, alguien que se interese por comprenderme antes que calmarme, por acompañarme más que tratar de hacerme sentir mejor. Le pregunto a un amigo psicoterapeuta y está de acuerdo. Así que entonces hago una llamada y acuerdo una cita para conversar, en un lugar tranquilo y seguro, en dónde pueda llorar con libertad si es necesario; donde pueda permitirme sentir, con seguridad y compañía, todo lo que esas sensaciones dolorosas me dicen de mi vivencia traumática y al mismo tiempo identificar las alternativas para transformarla y sanarla.


Recuerdo que Peter Levine (2008), en un libro sobre trauma, comenta que cuando vivimos una situación en la que nos sentimos amenazados en nuestra vida o sentimos estar en un gran riesgo, puede convertirse en una vivencia traumática y nos quedamos como congelados en nuestro organismo, y entonces no acabamos de resolver bien la situación y se quedan ahí pendientes que necesitamos atender.


Desde nuestro cuerpo sabemos cuándo tenemos vivencias y recuerdos dolorosos y angustiantes que necesitan ser transformados. Si no los atendemos adecuadamente, entonces aparecen diversos malestares corporales y emocionales para recordarnos: me siento angustiado, no puedo dormir, estoy nervioso, no logro concentrarme, me duele la cabeza, no tengo hambre, etc.



Hay que tener en cuenta que no siempre es un temblor, un huracán, un accidente o un incendio lo que me asustó. Dependiendo de nuestra edad y condiciones de vida, en ocasiones pueden ser incidentes que para otras personas pasan desapercibidos y no les dan importancia. Para un niño pequeño, por ejemplo, el incidente que suscita un trauma puede ser quedarse solo un rato, sintiendo que lo han abandonado o ver que sus padres salen de casa y piensa que ya no regresarán.



Para una persona adulta puede ser la caída desde una escalera, aunque no haya lesiones corporales. Lo que nos asusta y pone en estado de alerta máxima es sentir que estamos en circunstancias que nos sobrepasan, en las que no nos podemos proteger y está en riesgo la vida o podemos ser dañados seriamente.



Ayuda saber que estas experiencias pueden ser transformadas si expresamos lo que sentimos, si alguien nos escucha y acompaña respetuosamente en nuestras expresiones, y si nos permitimos seguir lo que sentimos en nuestro cuerpo, como en el Focusing. Por eso hace dos años integramos un grupo de colegas psicoterapeutas para ofrecer nuestro tiempo para acompañar y escuchar comprensivamente a quien quisiera expresar sus temores y angustias y no quedarse con el impacto emocional congelado en su cuerpo. La experiencia traumática puede ser transformada positivamente.


Levine, P. (2008). Healing Trauma. Boulder, USA: Sounds True.