Tristeando y doliendo las muertes de personas queridas, en tiempo de pandemia

Aquí tristeando y llorando por todos los que se han ido tan inesperadamente y en cierto modo a destiempo, porque, sabes, con frecuencia me olvido de que la muerte no tiene tiempo, que la vida no es eterna ni de cierta duración. Y entonces me digo: ¿Qué tal un poco más? Unos meses o unos años extras... Y me responden que eso no es posible, que la duración de la vida es un misterio. Y a ratos me asusto con eso, y en momentos me tranquilizo.


De chico aprendí a pensar mucho en el futuro. “Cuando seas grande…”, me decían, y entonces pensaba que habría una época en la que podría realizar muchas actividades que me gustaban y uno que otro de mis sueños. Lo que no advertía era que con frecuencia me perdía de los momentos actuales, porque me distraía con mis pensamientos y no atendía a lo que ocurría y sentía en el presente. Aprendí a dejar para después, a esperar el mejor momento, a pensar que luego le podría decir… y así perdí muchas oportunidades, hasta que un día, o mejor dicho una noche, viví una experiencia aterradora al sentir que se me cerraba la garganta y no podía respirar. Por más esfuerzos que hacía, no entraba el aire -o al menos así lo sentía- y el ahogamiento crecía con una rapidez inaudita e incontenible. Nada parecía remediar lo que pasaba y sentí que iba a morir…


Es dentro de eso que llamo el misterio de la vida y de la muerte que no morí. Quedé exhausto y agotado, con la garganta muy lastimada, y temblando de lo asustado que estaba. Me había salvado por una especie de milagro. Y ciertamente desde esta vivencia vinieron con fuerza las preguntas: ¿Estás viviendo como realmente quieres? ¿Para qué dejas para después lo que puedes hacer hoy?...


Algunos aprendizajes no los hago muy rápidos y algunas “tomas de conciencia” no alcanzan a transformarme tan pronto como quisiera. Y aunque decidí “echarle ganas”, eso tampoco fue suficiente… ¡Mejoré! Ciertamente, y lo he ido haciendo, aunque todavía hay circunstancias que no vivo completamente en el presente y pospongo innecesariamente.


Cuando se trata de las relaciones con otras personas, los pendientes pueden convertirse en obstáculos, cargas, barreras o bombas de tiempo. Lo que callo, lo que no expreso de manera adecuada, lo que retengo, lo que dejo en mi sentir corporal sin darle la expresividad que requiere, se va convirtiendo en fuente de distancia afectiva, de malestar personal y a veces incluso de propiciador de malestares corporales y pérdida de la salud. Me ayuda entender la dinámica ambivalente de muchos sentimientos y emociones y reconocer que ahí podemos quedar atrapados o con dificultad para movernos. ¡Imagínate! ¿Cómo voy a decirle que la quiero y que es una persona importante para mi si estoy muy enojado con ella?... ¿Cómo le expresaré mi estar molesto si la quiero y no pretendo lastimarla?...


Entonces empiezo a cuidarme para que no se me note lo que siento, a estar atento para no mostrar todos los sentimientos… y acabo viviendo a medias, expresando y reteniendo, mostrando y ocultando los sentires que, en lugar de fluir y moverse, parecen estancados y empobrecidos.


Esto ya de por sí amerita atención: ¿Vale la pena vivir así? ¿Puede ser mejor?... Me pregunto esto, no porque sea algo a resolver de un día para otro con tan sólo una decisión, sino porque las respuestas pueden ser una invitación a generar nuevas alternativas y a encaminarme y aprender cómo reconocer y expresar lo que siento y lo que realmente quiero, en el presente, tomando en cuenta a las otras personas y a las circunstancias.


He sido muy afortunado con mis padres, cuando ellos se fueron tuve tiempo de platicar, convivir, compartir muchos momentos, sabiendo que se acercaba la partida. Pude estar ahí, junto a ellos, para acompañarlos y despedirlos, para expresarles mi amor, mi cariño y mi agradecimiento, junto con mi sentirme triste por su partida. Y también para sentir su amor y su ternura, la tristeada de la despedida, y su confianza profunda de que serían bien recibidos ahí a donde fueran. Comprendí mejor los destellos de su fe vivida.


Y ahora, en tiempo de restricciones para acercarnos y movernos para poder estar ahí, junto a nuestros seres queridos que están a punto de emprender el viaje final, y poder acompañarnos y tristear acompañados mientras lloramos y recordamos momentos agradables de nuestras historias vividas, no poder estar presentes con nuestra corporalidad puede volverse una vivencia muy dolorosa, frustrante, enojosa y difícil. Por ello creo que nos conviene estar atentos, darnos tiempo y espacio para escucharnos y reconocer lo que sentimos más allá de nuestras primeras reacciones, de nuestros pensamientos y de lo que otras personas nos dicen. Aquí es donde lo que he aprendido con el Focusing se vuelve valioso y sanador.


Por experiencias compartidas me doy cuenta de que no poder despedir personalmente a un ser querido, suscita una diversidad de emociones y sentimientos. En momentos me siento desconcertado, confundido, sin saber qué hacer, y luego estoy enojado, frustrado y a veces hasta furioso. A ratos me llego a sentir culpable de no estar, aunque mi “razón” me diga que no era posible, o me siento también avergonzado y arrepentido de no haber aprovechado mejor el tiempo, de no haberle dicho algo que quería…


Así que ahora necesito un tiempo para tristear y llorar con otros su partida, para extrañarlo(a) juntos y aceptar que no volveremos a ver a esa persona... tiempo para recordar desde el corazón las vivencias bonitas y amorosas, para tener presentes los desencuentros y los enojos, las reconciliaciones y reencuentros… seguir llorando y tristeando lo que haga falta, y permitir ser acompañado por alguien que no quiera cambiarme, que no pretenda hacerme sentir bien ni me de explicaciones; alguien que se siente a mi lado, en silencio, mientras lloro y tal vez moqueo, y que me escuche comprensivamente, con genuina empatía. Sentirme entristecido, vulnerable, solo, es más llevadero si estoy realmente acompañado. Así que expresar todo eso que voy y vamos sintiendo es indispensable para vivir y transitar mi/nuestro ser doliente…


Igual me daré tiempo para identificar los pendientes: lo que quise decirle y expresarle y nunca lo hice. Aunque ya no esté corporalmente presente, de todos modos, ahora puedo hacerlo. A la mejor le escribo una carta o varias, le hago un dibujo o le canto una canción. Igual en grupo hacemos un ritual de despedida y nos condolemos juntos. Puede ser también que le pida a alguien que me escuche y acompañe mientras le platico y expreso mis pendientes con ese ser querido que se ha ido.


Sé que para esto no hay recetas, cada persona, familia, comunidad, lo vive a su manera, en sus circunstancias. Al mismo tiempo, me gustaría que todos los que hemos perdido ahora una persona cercana y querida pudiéramos dolernos de una manera adecuada para no dejar que las tristezas, los remordimientos, las culpas, las vergüenzas, etc. se conviertan en fuentes de malestar y dolor permanentes. Estamos vivos… promovamos que nuestro vivir sea fluido y en movimiento, y que nuestros sentires se vayan transformando momento a momento, y acompañémonos amorosamente. Si lo hacemos, posibilitaremos también que surjan todas las emociones y sentimientos que somos capaces de experimentar las personas de cualquier edad, con una gran amplitud y diversidad de colores, música y movimientos, y así nuestro vivir será más pleno y humano.

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