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Atender a la voz, los gestos y las miradas beneficia la comunicación y las relaciones interpersonales

- Estoy bien, me dijo, y se quedó en silencio. Mi atención estaba a medias así que pensé en continuar la conversación haciendo unas preguntas que tenía en mente. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, algo en mí recordó y me invitó a preguntarle algo diferente. -¿Estás bien? Le dije en tono de invitación a expresarse, si quería, sobre cómo se sentía. Y esperé.


Entonces, afiné mi atención para captar con más claridad su mirada, la expresión de su cara y los tonos de su hablar cuando respondiera. Me miró de una manera muy particular mientras decía: -Sí, estoy bien.

 

Me quedé en silencio, recibiendo y captando su mensaje, sin prisas por hablar o entender con palabras; dándole la bienvenida a su expresión multifacética, adornada con diversos tonos y colores.

 

Pausamos unos segundos en silencio, suficientes para que pudiera decir con dolor, - En realidad no estoy tan bien. Más bien me siento mal… pero no puedo hablar de eso ahora.

Su voz se fue entrecortando, y parecía que estaba a punto de llorar. Mientras, un tanto sorprendido, me dispuse a escuchar con atención plena…

 

Al final del día, me pregunté: ¿cuántas veces habré dejado pasar momentos importantes para otra persona por no atender a lo expresado en su voz,  sus gestos, movimientos y mirada? ¿Cuántas veces me habré quedado con los aspectos personales menos importantes de la comunicación por haber atendido sólo a las palabras?...



Así que me dije que, como aprendizaje, podría estar más atento a reconocer lo que capto y siento de otra persona al atender a su voz, su música del hablar, sus gestos, la expresión de su cara y su mirada. Estar más atento a recibir y a escuchar sin prisas por responder, valorando también las pausas y los silencios.

 

De modo que cuando un amigo llegó a platicarme que le habían aprobado su proyecto, me ubiqué de una nueva manera en mi escucha. Me importaba que mi amigo se sintiera escuchado y comprendido, y que ahí estaba alguien que compartía sus sentires en esta situación. Atendiendo al modo como me platicaba de la aprobación y próximo inicio de su proyecto, pude decirle:  -Ah! Y sí que estás muy contento y entusiasmado; hasta un poco sorprendido y nervioso, tal vez…

 

-Sí, sí sí, por supuesto. Había estado muy nervioso de que no me lo aprobaran… Y ahora ¡ya está! ¡Y ahora viene lo bueno!...

 

Estas últimas palabras las dijo de una manera tal que me salió decirle: - ¡La emoción y los nervios juntos! ¿verdad?...

 

-Sí, sí sí, por supuesto, volvió a decir. Y la expresión de su cara pareció relajarse y aliviarse. Estaba expresando sus sentires y se sentía entendido y respetado, compartiendo con un amigo estas vivencias.

 

Me miró unos segundos con un sentido de complicidad solidaria. Parecía mostrar su gusto por nuestra amistad y por esa conversación. Le agradecí su confianza y su amistad por la misma vía.



 Al final del día, me sentí satisfecho y agradecido. Me felicité por haber atendido a la comunicación de mi amigo de la manera como lo hice. La vida la vamos haciendo así, en momentos y encuentros cotidianos, algunos alegres y otros tristes, algunos amables y otros enojosos. La vida, el vivir, no son sólo las circunstancias sino también nuestros sentires corporales y afectivos en relación con cada persona y situación con las que convivimos. La espera en la antesala de una oficina, la caminata en el parque, las compras en el mercado, la reunión de trabajo, las horas de las comidas, el café por la tarde, la bohemia de fin de semana…

 

En cada momento de nuestro vivir pueden surgir expresiones matizadas de diversos sentimientos y emociones, que buscan una escucha receptiva y comprensiva, aunque lo dicho parezca trivial y sin importancia. Si atiendo a la voz, los gestos y las miradas podré reconocer mejor lo no dicho, y responder con pertinencia a lo expresado por otra persona.

 

Alguna vez, de muchas en las que he hecho trámites, presté atención a los diálogos y expresiones de las personas que iban delante de mí en la fila y me llamó la atención los reclamos y enojos que expresaban. Pensé que, en parte, tenían razón, no estaban siendo bien atendidas. Al mismo tiempo, y antes de que llegara mi turno, pensé: - ¿Y cómo se sentirá la señora que atiende en esta ventanilla? Es la 1 pm y ¿cuántos reclamos más habrá escuchado?


Así que la saludé, me vió con una mirada que yo sentí dura y cansada, fastidiada y tal vez también molesta. – Ha de ser cansado y molesto atender a tanta gente ¿verdad?... Escuchar reclamos por acciones que muchas veces no dependen de usted y seguir aquí, le dije. Sin proponérmelo conscientemente, me pareció que con mi voz quería expresarle mi simpatía y comprensión por lo arduo y difícil de su trabajo, y cómo ella se sentía con ello. La expresión de su cara se relajó y esbozó una leve sonrisa para luego preguntar: -¿En qué puedo ayudarle?... Platicamos, le expuse la etapa de mi trámite y sí, ahí se resolvieron los pendientes.

 


Escuchar y responder comprensivamente a los expresado a través de la voz, los gestos y las miradas genera bienestar en las relaciones y en la comunicación interpersonal. Por eso, me gusta seguir aprendiendo…

 

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