• Salvador Moreno-López

No dejes que los fantasmas te roben tu Paz. Él está contigo.

Hace unos días me llamó y preguntó si tendría tiempo para escucharlo. Necesitaba hablar con alguien y quería ser escuchado sin interrupciones ni juicios. Ya otras veces hemos conversado, así que acordamos una cita y nos encontramos.

Después de saludarnos y sin muchos preámbulos empezó a contar:


––Una época de mi vida estuvo llena de fantasmas, demonios y una multitud de voces que me amenazaban, regañaban, devaluaban y me hacían sufrir. A ratos era aterrador enfrentarlos o sentir que pronto se harían presentes. Me sentía solo y vulnerable, que nadie me quería realmente y por lo tanto que a nadie le importaba mi bienestar. ¿Con quién podía hablar? ¿A quién se lo podría decir?... los adultos estaban muy ocupados con “sus cosas”. No tenían tiempo ni paciencia para escuchar tonterías de niños.


––Es tu imaginación, decían. No le hagas caso. Ponte a jugar y verás como todo pasa.



––Pero ni las voces, ni los sentimientos, ni los pensamientos se iban. Ahí estaban cada vez más tiempo. Y yo me sentía más angustiado, asustado y triste. Parecía esperar el momento fatal en el que ya no habría nada más que hacer para defenderme y escapar de todas esas amenazas. Seguramente acabaría destruido por todos esos fantasmas y demonios que había en mi mente.


Hizo una pausa como para recuperar el aliento. Me miró atentamente y preguntó: ––¿Tú crees en Dios?


––Sí, sí creo, –le respondí.


––No sé en cuál Dios creas pero te voy a contar. En esa época, en la que me sentía tan mal, había algo en mí que sentía, aunque muy tenuemente, que podía confiar en Él. Me habían dicho que Él era muy bueno y que me amaba, que podía cuidarme y protegerme, que podía contarle lo que me pasaba y que siempre me iba a escuchar y a comprender. También es cierto que otras personas hablaron muy mal. Decían que siempre me vigilaba y se daba cuenta de todo lo que hacía, y que si me portaba mal, me iba a castigar. Insistían en que tenía que ser un niño bueno, obediente, bien portado, para que no me castigara. Así que durante muchos años tuve esas ideas y sentimientos contradictorios en relación con Él. Me quería y me vigilaba, me cuidaba y podía castigarme, me escuchaba comprensivamente y me regañaba. Toda una confusión en movimiento, en relación con Dios. ¿Quién es Él realmente? ¿Cómo es? ¿Qué quiere de mí? Preguntas que muchas veces se quedaron sin respuestas que realmente me convencieran. Escuché muchas versiones diferentes, tanto de personas religiosas, como de otras que no lo eran.



––Habrá sido una época difícil para ti, –comenté–. Vivir con todas esas contradicciones y sentimientos encontrados no es fácil para un adulto; mucho menos para un niño o un joven.


––No sé cómo, la verdad, pero empecé a encontrar momentos para estar solo y hablar con Él. Le platicaba mis dudas y mis miedos, le hacía preguntas, le pedía que me contestara, que me diera señales de su existencia en mi vida. Y luego esperaba recibir sus respuestas. No tenía idea de cómo podrían llegar, pero algo en mí necesitaba confiar en que llegarían. Afortunadamente, y sin yo notarlo al principio, esas pláticas en silencio con Él hacían sus efectos. Me daban un poco de paz y tranquilidad, seguridad y confianza. En mis circunstancias, eso era ¡maravilloso! Un remanso de paz y protección en relación con las amenazas de los fantasmas y demonios. Ahí podía sentirme seguro porque no podían llegar. Y empecé a descubrir, sin notarlo, que los fantasmas no eran invencibles.


––Y vaya que ha de haber sido de mucho alivio para ti sentir eso, –le expresé–. Descubrías que no todo estaba perdido, que tal vez sí era posible recuperar tu paz y tranquilidad...


––Al ir creciendo, –continuó–, aprendí a darme esos momentos para estar solo y en silencio, a buscar un lugar donde pudiera estar sin interrupciones mientras platicaba con Él y le contaba todos mis miedos y preocupaciones, mis dudas y tristezas. Capté con más claridad que esas conversaciones me daban paz y también que era necesario que yo escuchara. Una vez que había expresado todo lo que necesitaba decir, hacía falta que tomara un tiempo para escuchar, para atenderme desde mi interior y tomar conciencia del silencio de mi cuerpo y de mi mente. Así fui reafirmando mi confianza de su presencia en mi vida.


Más adelante, platicando con algunos maestros y amigos, empecé a identificar otras acciones que también podía realizar para apartar de mí los fantasmas y los demonios. La meditación, por ejemplo, con varias modalidades: repetir un mantra, atender a la respiración, escuchar al viento en el bosque o hacer Tai Chi. Fue como entrar a un mundo nuevo, diferente, donde había tranquilidad y serenidad.



Después me sugirieron que entrara a psicoterapia. Cuando ahí me sentí realmente acompañado, respetado y comprendido, pude hablar de todo eso que me aterrorizaba, mostrar mis pensamientos y sentimientos, y describir las imágenes que me llegaban. Eso también resultó muy liberador. La ansiedad, tristeza, miedos y preocupaciones empezaron a ser menos frecuentes. Los fantasmas y los demonios disminuyeron considerablemente. Podía ya experimentar seguridad y confianza, tranquilidad y gusto al realizar mis actividades. Algo similar, y a veces mejor, ocurrió en las conversaciones con mis amigos; con aquellos que realmente escuchan y quieren comprender, que no dan consejos, ni regañan ni me dicen lo que debería hacer. Para ellos mi profunda gratitud. Son también una muestra de la presencia de Dios en mi vida.


En los últimos años, desde que aprendí Focusing contigo y supe lo que es escucharme desde mi cuerpo, desde ese cierto tipo de sensaciones que me muestran cómo me siento en mi vivir cotidiano en relación a diversas personas y circunstancias, he descubierto nuevos y poderosos recursos para impulsar y promover mi bienestar.


Ahora, desde esta escucha que he aprendido con el Focusing, continúo mis conversaciones con Él: hablo menos, estoy en silencio, atiendo a mis sensaciones, y espero sin prisas para sentir y escuchar su presencia en mi vida. Esta modalidad de escucha, me ayuda también al discernimiento cuando hay que tomar decisiones importantes, como lo has descrito en uno de tus textos.


––Todo un largo camino recorrido, con acciones y descubrimientos que han ido transformando tu vida, tus estados de ánimo, la confianza en ti mismo y tu paz. ¡Estoy sorprendido contigo!... ¿Cómo te sientes ahora?...



––Muy satisfecho y muy agradecido. Esta época de Navidad me da la oportunidad de celebrar, desde la visión cristiana, la encarnación y nacimiento de Dios, y reconocer gozosamente su presencia en mi vida, y su invitación para ser con otras personas expresión viva de su amor, a través de acciones cotidianas que busquen construir una sociedad más justa, incluyente, respetuosa y amorosa. Con Él he descubierto caminos para liberarme de fantasmas y demonios, y acciones para nutrir la confianza, tranquilidad, seguridad y paz en mi vivir cotidiano. Y agradezco mucho tu escucha comprensiva, respetuosa y paciente.

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