• Salvador Moreno-López

La parálisis y la mordaza

Lo peor de todo eso es, me dijo, la parálisis y la mordaza. Las prohibiciones y las amenazas ya están en mí, en mi cuerpo, y me impiden moverme, expresarme, sentirme libre. Me tienen todo el tiempo alerta, preocupada, atenta a lo que pueda pasar. Muchas veces ni lo noto. Así me he acostumbrado a vivir. A veces ni lo siento; ya es tan familiar que supongo que “no hay de otra”, es lo normal, lo esperado.


Ahora que hago una pausa y me pongo atención, me doy cuenta de que no es así, que no es normal, ni se siente bien; al contrario ¡duele! Y duele mucho. Y entonces siento ganas de llorar, y me siento asustada, derrotada, vulnerable, sola en una noche de tormenta. ¿Para qué quieres que le ponga atención a mi cuerpo si duele tanto? ¿Por qué no mejor quedarme así, haciendo como que no pasa nada?... Mis pensamientos llegan a borbotones, me regañan y amenazan. “Te lo dijimos: no te prestes atención, no le hagas caso a tus sentimientos, no atiendas a lo que sientes en el cuerpo. Son puras patrañas y mentiras. Te vas a sentir mal y no ganarás nada bueno”.


Al escuchar mis pensamientos vuelvo a dudar. ¿Será que realmente no está bien atender lo que siento? ¿Me voy a meter en más problemas en lugar de sentirme mejor? En mi entorno cultural, las personas con las que convivo no suelen prestar atención a sus sentimientos y sensaciones. Bueno, sólo a algunos, y muchas veces es para quejarse de lo mal que se sienten. En el trabajo, ni hablar; ahí hay que estar sin emociones o mantenerlas guardaditas. Dicen que las emociones y sentimientos estorban para pensar bien, que hay que tener “la cabeza fría” para ser objetivos. Y entonces no sé dónde hay un lugar para sentir lo que siento, atenderlo e integrarlo constructivamente en mi vida.



Bueno, pero ahora estoy aquí contigo. Y me invitas a hacer una pausa, a bajarle al acelere, a dejar a un lado mis pendientes, problemas y preocupaciones. ¡Como si fuera tan fácil!


Regreso mi atención a mis sensaciones y me asusto de lo que encuentro: la parálisis y la mordaza. No quiero sentirme peor y temo que si sigo atendiéndolas esto se sentirá más feo y angustiante. Pero alcanzo a sentir que tú no te asustas. Pareces muy tranquilo y confiado. ¡Claro que tú no estás en mis zapatos! Qué fácil decirme: “hazle un espacio amplio a todas esas sensaciones, para que puedan estar y mostrarte lo que necesitan. Finalmente son una faceta tuya”. ¡Qué carajos! algo en mí se enoja cuando te escucho y, al mismo tiempo, algo en mi se siente invitado a probar. “Total, qué puedo perder... y ¿si a la mejor gano? ¿Qué tal que sí encuentro alternativas para transformar esta parálisis y quitar esta mordaza?”


Sigo en pausa entonces. Dejo los ruidos y pendientes a un lado. Dirijo mi atención a mis sensaciones, con curiosidad, sin juzgarlas, dejándolas estar... y para mi sorpresa empiezan a sentirse menos atemorizadas, menos rígidas, menos imposibilitadas de hablar y de moverse. Me sorprendo con cierta cautela. Es muy bonito para ser verdad, pienso. Surge esa desconfianza que ha estado ahí por muchos años; que a veces me ha cuidado y que con frecuencia me aísla y reprime para que no me arriesgue, para que evite situaciones de peligro, según ella. A pesar de todo, corro el riesgo y sigo prestándoles atención. Las describo: apretadas, jaloneándose, como en un lugar oscuro y solo... y de nuevo, para mi sorpresa, cambian y se sienten mejor. Siento un ligero alivio, una esperanza, una rendija se abre por donde entra aire fresco y un poco de luz.


Fíjate cómo cambia la sensación y hazle un lugar a esto nuevo que aparece. Acógelo con amabilidad y observa cómo es, cómo se siente.”



La sensación se mueve y sigue cambiando; sonrío y me alegro en mi cara. Casi no lo puedo creer. Ahora en el centro de mi cuerpo siento una sabiduría y una energía especiales, que me conectan con muchas personas, algunas de otras épocas y muchas de ellas arraigadas a la tierra. Puedo decir que es una Sabiduría Ancestral. Descubro que no estoy sola, como sentía, que hay quienes comparten mis valores y modo de vida, que tengo una fuerza suave y firme desde la cual puedo vivir en paz, lidiando con todas esas circunstancias y personas que quieren callarme, que me quieren dócil, diferente, “adaptada”. Descubro que puedo generar rutas alternativas para vivir mi vida a mi modo, con mis creencias y convicciones, sin tener que acomodarme pasivamente a las costumbres y normas de muchas personas. Hay un nuevo horizonte de libertad en mi vida. Se siente bien. Recién comienzo... sólo que ahora con esperanza, confianza y compañía. No estoy sola.

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