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Acompañando para transformar el sufrimiento personal

C: Vine con usted porque a veces me siento muy triste y luego me pongo muy ansiosa. A menudo siento que estoy en peligro y que algo malo va a pasar. Y entonces no me concentro en nada y tengo que estar muy alerta para que no me agarren de sorpresa… esto es cada vez más desgastante y ya no sé qué hacer…

Por supuesto que no duermo bien o al menos no descanso. Estoy agotada. Así que vine a platicar contigo ¿te puedo hablar de tú? A ver si me puedes ayudar. ¡Ya quiero sentirme mejor!

 

Con mi presencia acompañante quería expresarle “aquí estoy contigo, escuchándote y sintiendo cómo te sientes para comprenderte desde ti, desde tus vivencias, percepciones y pensamientos”. Y entonces le dije:


 

T: Puedo captar tu sentirte triste y ansiosa, frustrada y desesperada… casi con ganas de gritar “¡qué hago ahora, qué hago! ¡Ya estoy harta de sentirme así!” Expresé esto último con voz fuerte para comunicar así la intensidad de su dolor y desesperación. Luego continué: aquí vamos a platicar y a realizar algunas actividades que te ayuden a bajar la intensidad de todos esos malestares que sientes y a encontrar acciones para transformar lo que ahora necesita mostrarse a través de todos esos sentimientos tan dolorosos. Conversaremos para generar nuevos significados en esas vivencias que se han estancado y ahora se manifiestan con tristeza y ansiedad. ¡Te sentirás bien!

 

Esperaba que, al sentirse escuchada y acompañada, ella iría recuperando un poco su paz y  seguridad perdidas. Tal vez ello le permitiría empezar a disminuir las alertas para abrirse a otras facetas de su vivir en las que pueda encontrar alternativas y caminos eficaces para sentirse mejor, con ganas de vivir, alegre, segura y confiada. Al mismo tiempo, tenía presente que estos procesos de cambio requieren tiempo de conversación acompañada y de algunas acciones, y que la persona siente una urgencia de encontrar alivio

 

Pareció un tanto aliviada al escucharme. Se sintió realmente escuchada y comprendida, y ello suscitó una pizca de esperanza. A la mejor aquí podría encontrar soluciones a su sufrimiento y malestar.

 

C: ¡, estoy desesperada!, alcanzó a expresar antes de romper en llanto.

 


Así estuvimos varios minutos. Ella expresándose con su llanto y yo acompañándola en silencio, dejándome sentir lo que ella iba sintiendo.

 

¡Lo sanador que es llorar acompañado, en lugar de hacerlo solo! Pensé. Finalmente somos seres relacionales y nos vamos haciendo quienes somos en las vivencias cotidianas con otras personas, lugares y circunstancias.

 

Después de un rato dejó de llorar y se quedó en silencio. Así la acompañé sin prisas y sin juicios. Cuando estuvo lista, empezó a platicar sobre diversas situaciones de su vida actual y de años atrás. Compartió cómo se ha sentido sola, vulnerable, casi abandonada, en muchos momentos de su vida. Y no que no hubiera otras personas junto a ella, sino porque no había sentido una presencia cuidadora y comprensiva. Le pareció que las otras personas siempre estaban ocupadas en asuntos “importantes” y que a ella casi no la veían, mucho menos la escuchaban. Y así fue sintiéndose sola, no querida e incapaz de cuidar bien de sí misma. Sentirse triste fue convirtiéndose en su estado de ánimo habitual, al que luego se agregaron los miedos, las inseguridades y el sentirse ansiosa. A ratos, terriblemente ansiosa.

 

Hacia el final de la conversación de ese día pareció sentirse relativamente calmada y tranquila. Expresó que se sentía mejor, que le había ayudado hablar y expresarse como lo hizo. Nunca antes había podido hacerlo.

 

Le pregunté si quería seguir conversando de esta manera para ir transformando su tristeza y ansiedad, y para encontrar los medios de dar cabida también a sentirse alegre, confiada, segura, optimista y con ganas de vivir.

 

, me dijo en una mezcla de confianza, esperanza y duda en el tono de su voz.

 

Recordé lo difícil que es confiar cuando te has sentido herido y vulnerable emocionalmente. Y cuando has vivido muchos años así, retroalimentando la herida, el dolor, los miedos y la desconfianza.

 


Al mismo tiempo, agradecí que su  pudo contactar, de alguna manera, su energía de vida, sus ganas de vivir bien, como diríamos coloquialmente. Es desde ahí desde donde podemos apoyarnos para generar un proceso de cambio y sanación hacia el bienestar.

 

Ya que se había ido, me quedé sentipensando: “qué satisfactorio acompañar a personas para que transformen sus problemas y situaciones de sufrimiento socioemocional y ver cómo paso a paso van dejando el dolor innecesario y encontrando el bienestar y la tranquilidad en su vivir.”

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